miércoles, 18 de junio de 2014

DIARIOS DE ADOLECENTE III

La escritura comenzó para mí como un deshinibidor, así fue como pase de escribir notas en un cuadernito a empezar a reflexionar acerca de mi propia vida, de lo que sufría de lo que sentía y de porque lo hacía. Leí un par de cosas sobre psicoanálisis, leí sobre psicología, hasta leí folletines y fragmentos de libros de superación personal, pero para serte honesto, mi subconsciente aprendió por si solo a analizar patrones de conducta casi por sí solo. Fue así como me volví bueno leyendo a la gente, fue así como pude dar tantos consejos que le funcionaron a casi todo el mundo, o a todos, menos a mí.

Era un niño solitario abandonado en una isla en la que de vez en cuando arribaba una que otra barca, que siempre se iba sin mí, pues yo reusaba subir en ella. ¿Recuerdas nuestra primera cita cuando me llevaste a ese café al que de vez en cuando vamos? ¿Recuerdas cuando te conté la historia de la película naufrago y de cómo el personaje de Tom Hanks personifico a su propio amigo imaginario “Wilson” en una pelota de volleyball? Pues prácticamente yo también hice lo mismo, pero con mis diarios. Creé personajes para poblar mi mundo, lo llene con mi subconsciente como en inception, me sumergí en un sueño que sin saberlo se tornaría autodestructivo y cuando me aburrí de escribir en el papel, empecé a hacerlo en blogs como este.

Mi vida literaria ha sido hasta ahora solo un cementerio de sentimientos en los que aún quedan las manchas de mi corazón herido, fósiles de relaciones que para mí ahora no pueden ser más que ilusiones que nunca llegaron a tocar la realidad, ya que siempre las mantuve a raya. Era muy cobarde como ya lo había dicho. Toda posibilidad conllevaba para mí un problema, un riesgo, un dolor que no estaba dispuesto a correr; mis continuas derrotas por W me habían generado la fobia que más almas se lleva del mundo: la fobia a fracasar. ¿Es irónico no? Tener tanto miedo a perder cuando hasta la fecha lo único que había hecho era eso, perder.

La solución para mis dolencias fue ignorarlas y sumergirme en las dolencias de los demás. “Eres confiable porque sabes escuchar, sabes callar y sabes comprender”, me dijeron una vez. Me interesaron mucho los problemas ajenos por ese entonces, ahora que estoy contigo y después de tantas cosas vividas, comprendo que la única razón por la que me interesaban sus asuntos era porque me hacían sentir un poco más real, me hacían sentir un poco más vivo, me hacían sentir algo no inventado por mí, emociones legitimas que me conmovían y me permitían seguir respirando. Ahora veo que solo fui un parasito, necesite de otros para subsistir.


Cada vez que yo mismo me rompía el corazón, me prometía que jamás volvería a permitir que alguien lo volviera a lastimar. Cuando mi mamá se fue y me dio las llaves de la celda, entendí que la opresión nunca fue real, que mis amores nunca fueron reales, que el mundo en el que había vivido encerrado por tantos años había sido solo una mentira creada por mi mente, una barrera imaginaria que me mantuvo alejado de la felicidad pero que a la vez construyo en mi al hombre que soy ahora.

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